Intentas mantenerte firme, creer que todo está bien, y sin embargo solo puedes poner ni siquiera una sonrisa falsa, tan solo una mueca lastimosa que deja entrever la verdadera batalla que, a cada minuto, se libera en tu interior. Una polémica que en principio no tendría que tener lugar sino en el olvido, pero que sin duda, la estás sufriendo en carne viva. Y es que tú mismo te rebelas contra ti. Ese momento en que pones en juego toda tu moral adquirida con la experiencia de la vida, toda tu buena voluntad, tus ganas de hacer bien, contra toda la parte rebelde, intempestiva, a veces necesaria, pero mayormente cruel, como caballo desbocado. Sientes la necesidad de proteger lo tuyo, aunque en la realidad no haya nada que proteger porque todo está claro, tanto como el agua, pero te rasguña remarcarlo, más por seguridad propia que por otra cosa, ante tus temores.
Cuando sientes que por mucho que se hablen las cosas, ese sentir no quiere desaparecer, necesita ser arrancado con fuerza. Tratas de buscar apoyo en el exterior, y cuando lo encuentras, enseguida te ves reflejada y te consuelas, piensas que es normal sentirse así cuando estás ante algo que te es extraño e inaccesible por momentos. Y pasan los días en curiosa calma...
Y entonces todo vuelve a empezar, retorna aquella opresión en el pecho, las lágrimas que jamás quisiste derramar comienzan a recorrer caminos por tu rostro, haciendo que te sientas peor, porque odias sentirte así, porque te gritas mentalmente, una y otra vez, que no es justo auto torturarse de esta forma, que no hay razón para sentirte así, y le preguntas a tu contraparte malvada si no se cansa de esta situación, porque estás completamente segura de que, aunque sea un poquito, ella también sufre. Y entonces te detienes, por casualidad, o tal vez no, levantas la vista de tu barullo mental y te das cuenta de que te encuentras frente a un bonito espejo sin marco, de tu altura, y te ves reflejada con nitidez. Tus ojos están rojos, y tus nudillos blancos de tanto apretar la almohada para que tu llanto no se oiga. Una imagen realmente desoladora. Algo dentro te dice que escuches con atención, porque seguramente tengas a alguien susurrándote cosas en ese momento. Bufas resignada porque lo único que te rodea es el silencio y piensas "Como siempre", y estás a punto de irte, pero entonces lo oyes. Tu mirada te llama y te quedas parada en el sitio, escuchándola. Aquella voz que todo este tiempo acallaste con rudeza, haciéndola imperceptible para tus sentidos, porque estabas demasiado cegada con tu alrededor como para ver las cosas, y demasiado hundida en tus sentimientos como para sentirlas.
"Deja de machacarte y valórate de una vez" me repite constantemente ella. Me decido a escucharla con más atención mientras que ésta cobra fuerza. Me pide que ponga un poquito más de esfuerzo y trate de ver que realmente no todo son dechados de virtudes, que también hay defectos y que lo que a uno le hace fuerte, al otro le hace débil, y viceversa.
Que la vida es demasiado corta para preocuparse por eso, y que el amor es muy bonito como para arriesgarlo con inseguridades. Que la confianza es el mejor arma y que una sonrisa puede hacer más bella a una persona, si es sincera, que muchos kilos de maquillaje.
Que las cosas no son lo que parecen y que incluso las personas más perfectas son las que más necesitadas de amor están.
En ese momento te vuelves a fijar en tu reflejo, y asombrada descubres que está cambiando. Te sonríe devolviéndote el brillo de tus ojos y te alivia el dolor de las manos y la carga que portabas sobre tus hombros.
Ahora, sentada mientras miro en el horizonte la nueva senda que surgió mágicamente para mí, aquella que necesita ser recorrida, que promete enseñarme las cosas tal y como son y acallar las innecesarias, y escuchando siempre aquella voz que nació en mi interior para levantarme antes incluso de que me zambulla en el suelo, es la que me señala todos aquellos detalles que pasé por alto, y es, justamente ella, la que se encarga de domar mis temores y apaciguar esta leonera.






